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lunes, 25 de octubre de 2010

Klapemborg












































Las primeras fotos no pertenecen a la sabana africana sino a un parque natural aquí al ladito de Copenhague. Nos acercamos con la bici unos de esos miércoles que me dan de vacaciones después de haber currado hasta las mil quinientas.
En Jaegersborg Dyrehave, que así es como se llama el parque, nos encontramos todo tipo de ciervos, incluso presenciamos un enfrentamiento por el poder de la manada a 10 metros!, aves y bichos nórdicos campando a sus anchas. Toda una experiencia zoológica al lado de la ciudad, y gratis!
Los más curioso de todo esto, es que en el interior de ese enorme parque natural nos encontramos con un campo de golf! sí señor! combinando naturaleza y deporte! Así que no era de extrañar ver a bambi al lado de algún golfista. De hecho, la primera foto está hecha al ladito del campo de golf.

Para que el quiera ver más... vuelo a Copenhague!

jueves, 21 de octubre de 2010

No hay nada más aburrido que una mala respuesta a una gran pregunta. Es así. Hay preguntas tan buenas que se nos meten dentro, nos exploran y sacan jugo a todo lo que llevamos. Pero suele pasar que antes de darle tiempo para que haga su efecto, siempre hay alguien que la menosprecia y la responde con simpleza y cuatro palabras.

Mi parte favorita de Españoles por el mundo es cuando al final del reportaje le hacen siempre las mismas dos preguntas: ¿Te volverías a España? y ¿Qué echas de menos de allí? La primera suele ser contestada con más o menos astucia, dependiendo de las circunstancias del cuestionado. Pero la respuesta a la segunda pregunta (¿Qué echas de menos de España?) suele ser tan tópica y tan adecuada, que aburre: "Echo de menos a mi familia y a mis amigos...ah y el jamón" Pero aunque la respuestas es sincera, es equivocada, la pregunta es que echamos de menos, no que necesitamos. Todos necesitamos a nuestra familia y nuestros amigos (incluso el jamón) cerca, es parte de nosotros y queremos tenerlos en nuestra vida.

Pero lo que echamos de menos es otra cosa, son esas detalles que carecen de importancia pero que sentimos cerca. Esta mañana sin quererlo, encontré mi respuesta para Españoles por el mundo: Echo de menos los libros en el tren. Nadie lee en el tren, sé que es una boludez, como diría Martin Hache, pero me pasa. La gente mira por la ventana, escucha música, miran sus portátiles, pero nadie lleva un libro entre sus manos. He buscado entre los demás vagones, pero nada, ha sido un esfuerzo inútil. Aquí los trayectos son cortos y así que leen en casa o en la biblioteca. Y aunque no echo nada de menos los largos trayectos de Madrid, ni las esperas eternas de autobuses que no llegan, de pronto me apetece subirme a un tren en Madrid y jugar a averiguar que libro lee mi compañero de asiento.


Será una boludez, pero me pasa

martes, 19 de octubre de 2010

Sábado de paseo por Nørrebro

Después de una ajetreada semana de visitas, cogimos las bicis y nos perdimos por el Nørrebro, un barrio al oeste de la capital danesa, lleno de kebabs, modernos, tiendas y cafeterías con encanto y mercadillos de fin de semana.

Nada más cruzar el puente de dronning Louises Bro (que los daneses pronunciarían como Drnn Loiss Br) al salir de Norreport, nos encontramos con uno de, hasta ahora, mis rincones favoritos de Copenhague (aunque en realidad no es un rincón).

Resulta que han aprovechado una esquina/final/principio de un paseo al lado del lago para colocar una de las probablemente colinas más altas de esta ciudad.

Pero todo esto es sólo el principio porque realmente, a donde llegamos tras cruzar el puente es al Assistens Cementery (que debe ser el único nombre en inglés de todo el mapa de Copenhague). Es el cementerio donde están enterrados Kierkegård y Andersen. Y no, sus tumbas no son nada especiales como la de Elvis o la de Kurt Cobain.

Nos acercamos a la entrada y nos bajamos de la bici (lógico pensar que en un cementerio no se monta en bici). Pero nada más entrar, nos dimos cuenta de que aquello parecía más una pradera de juegos que un cementerio. La gente montaba en bici, jugaba al fútbol, tomaba el poco sol que les queda en octubre sobre una toalla, incluso comían pizza y kebab!

Todo esto puede resultar raro o irrespetuoso pero la verdad es que a mí me pareció genial. ¿Tomar del sol o leer un libro al lado de una tumba significa que se esté faltando al respeto a alguien? Montar en bici en otoño por un parque precioso lleno de castaños naranjas y rojos molesta a alguno de los allí enterrados? Las risas de los niños son perjudiciales para el descanso eterno?

Y sin embargo, las ciudades tienen estos enormes espacios “muertos” que poseen una única función y nadie disfruta de ellos. Enormes solares sin un uso donde no ocurre nada.

¿Por qué no convertimos los cementerios en preciosas praderas y parques de robles y castaños, flores y fuentes? ¿No descansarían mejor los muertos acompañados de ávidos lectores y parejas de enamorados?

(el del fondo de la foto sentado en el banco es Corra)

martes, 12 de octubre de 2010

Vikingos sin cuernos

¿Por qué nunca fotografiamos la vida diaria? Lo común, lo anodino, lo que no importa… Tenemos álbumes enteros de aquel día aquellas vacaciones en Tarifa o de esa cena en la que tras años buscando, por fin, nos reunimos todos. Pero nadie tiene álbumes de cómo tendíamos la ropa en 1996 o de cómo subimos las escaleras de casa cada invierno. Nos gusta lo extraordinario, nos puede lo curioso. Supongo que somos así y nadie nos puede cambiar. Pero lo que más curioso es que esta debilidad no solo le pertenece al hombre moderno, debió ser así desde los primeros tiempos.

La historia fue la siguiente. Un día, aun no sabemos cómo, un dibujo llego a los historiadores daneses. Era un dibujo antiguo, de principios del milenio, en el se podía ver a un ser humano, un hombre fornido y velloso. En su cabeza portaba un extraño elemento nunca antes visto: un casco con cuernos. Poco tiempo tardaron en demostrar que aquel hombre era un vikingo y algo más en dar la idea de que todos los vikingos tenían cuernos en sus cascos. La idea calo en el pueblo danés y pronto adoptaron aquellas dos protuberancias sobre la cabeza como el símbolo de su pueblo, de su reino perdido y del poder de toda su nación.

Lamentablemente todo era mentira. Los vikingos nunca llevaron cuernos en sus cascos. Bueno eso no es del todo cierto, hubo un vikingo, solo uno, que se puso cuernos en su casco. El porqué, nadie lo sabe. Pero lo curioso es que fue el vikingo diferente, el loco, el raro el que acabo en aquel dibujo y no el normal, el que veían pasear junto a ellos todos los días. Quizás porque, como nosotros, a los vikingos también les gustaba registrar lo extraordinario y dejar a un lado lo cotidiano, la vida de todos los días.

Por eso nosotros dos, que caminamos con los vikingos, que comemos comida vikinga, que aprendemos palabras vikingas y que casi nos reímos en vikingo, vamos a intentar acercaros lo cotidiano de ellos, que para unos vikingos sin cuernos, como somos nosotros, no puede ser visto de otra manera que como lo extraordinario.